El derecho humano más esencial es el de la vida. El primero de todos. Sin embargo, para que la vida exista deben existir el amor y el respeto. De tal forma que podríamos hablar del derecho a ambos: al amor y a al respeto. Comenzando por allí; desde ese punto.
Pero, lamentablemente en este comienzo del siglo XXI el amor y el respeto no es el camino ni la prioridad para muchas personas, sectores o grupos, mucho menos en el aspecto político. Menos aún, en el ámbito empresarial. Vivir es esencial. Vivir bien es justo y necesario. Algo que nunca ha sido entendido ni aceptado por los grandes grupos del poder, a nivel mundial. Pareciera que le temieran a esas dos palabras.
Sin embargo, el derecho al amor, al respeto y a la vida no son nada sino está estrechamente relacionada con calidad y cantidad. Es decir, buenos servicios, abundantes productos, precios accesibles a toda la población, y justa distribución de las riquezas. Claro, todo esto está enmarcado en un verdadero sueño utópico. Casi un imposible. Un sueño que siempre debe estar presente y debe ser el norte de toda la humanidad.
Es una meta muy alejada. Y con una población de más de 7 mil millones de habitantes y una gran cantidad de problemas de alimentación, guerras y la nueva y gran movilización de personas hacia mejores lugares para vivir, se hace más difícil y complicado.
La meta está allí: a la vista. Lejos, pero a la vista. Solo hay que luchar por llegar hasta allá. Que todos lleguemos hasta ese lugar y ese momento, lleno de vida, de justicia y de paz.