Comer es una de las grandes necesidades de los seres humanos. Tal
vez la más primordial. Además de uno de los elementos que motoriza la
economía y la política. Y que en algunos casos lleva a las guerras.
Guerras del hambre, en búsqueda de la sagrada alimentación.
Y es la principal preocupación de cualquier gobierno, que se considere
serio y eficiente. Para ello debe haber buena producción. Que genere,
incluso, excedentes. Que servirán para intercambiar con otras sociedades
y tener, en depósito, suficiente cantidad cuando los malos tiempos se
presenten.
En esta época, cuando en países desarrollados
generan lo que han llamado la sobre producción de alimentos, no se
justifica que haya países como algunos de África y Venezuela, estén en
mora en este campo. Algunos por guerra, y otros por corrupción. Incluso,
hasta por ideologías. Aunque, la verdad sea dicha, la corrupción con
alimentos y medicinas es uno de los negocios turbios que mayores
regalías deja. Sobre todo, cuando, jugando con el hambre del pueblo
dirigentes políticos y militares amasan grandiosas fortunas.
Violentando, de mil maneras, el sagrado derecho a la alimentación.
De paso,se convierte en uno de los delitos más detestables de la humanidad. Jugar con el hambre
de la gente. De tu propia gente. Eso se debe castigar con muchos años
de cárcel y con grandes multas. Y siendo este, al mismo tiempo, un
pecado de los mayores, el castigo divino debe ser de los más fuertes.
No se debe jugar con la vida. Y los alimentos, la comida, es una forma muy grosera y criticable de hacerlo.
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